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septiembre 28, 2010 / edwin

El poblado de Astérix, en el Clot

Son 18 casitas de cinco metros de ancho cada una, porque esa es la medida de las vigas de madera que soportan desde hace más de siglo y medio el primer piso. A los primeros compradores, en 1837, el dueño de los terrenos, el ilustre botánico Jaume Salvador Pedrol, les cobraba un censo de pensión anual de «catorce escudos y setecientos milésimos», un censo que se seguía cobrando hasta mediados del siglo pasado a los herederos de los herederos.
Son 18 casitas que, en el inicio de la calle del Clot, de los números 2 a 34, forman el equivalente al poblado de Astérix y Obélix en medio de Barcelona, porque durante ese siglo y medio han resistido a todos los enemigos posibles. Y han vencido, finalmente. A su lado se construyó, y se modifica ahora por enésima vez, el engorro llamado Glòries. Diez metros delante suyo se abrió la avenida de la Meridiana. A su espalda se construyó y luego, en parte, se derribó, la fábrica de la Farinera. Desaparecieron las vías de tren y los raíles de tranvía, pero las casitas seguían. Ahora, encima de sus modestos tejados se ve la torre Agbar y luego aparecerá por ahí el Disseny Hub. Son tan bajas, «34 pams d’altura i 54 pams de fons», porque no podían interferir en la trayectoria de las bombas que se disparaban desde la Ciutadella. 
Toda esa información la guarda, tanto en papeles como en su memoria, Manuel Gaya Solé. Posee tres de estas casas, que en su día, allá por 1865, compró su bisabuelo Francesc. Y como su nieta de tres años juguetea en la de al lado, ya son seis las generaciones Solé en las mismas casitas. Bueno, casitas. Son más grandes de lo que aparentan. Hay una en venta, el número 16, maltrecha tras varias okupaciones, y en el anuncio pone que tiene un dormitorio, un WC pero nada menos que 168 metros cuadrados. El precio, 360.000 euros. Todo por reformar.
Fue el empeño de Manuel lo que salvó a las casetas baixes de El Clot de la Mel –el barrio más antiguo del pueblo de Sant Martí de Provençals– de la última amenaza, el plan general metropolitano de 1976. Ahí debía haber equipamientos públicos, y ya los hay, ahora. Una guardería, un colegio, un instituto y la biblioteca en la reformada Farinera. Quedaban, quedan solo las casitas. «Logramos demostrar que son un patrimonio arquitectónico de la ciudad», dice Manuel. Desde febrero del 2008 están oficialmente protegidas como «bienes culturales de interés local».
Ahora, los vecinos se han comprometido a reformarlas. Desde el bar La Pilarica de la esquina, que los vecinos conocen como El Casinet, hasta las pequeñas empresas que se han instalado en algunos bajos. Antes, había más actividad. Los abuelos Manuel y Pablo Solé, procedentes de las Garrigues, tenían ahí su fábrica de aceite y jabones.
Para completar la reforma, los vecinos buscan a los herederos de uno de los dueños, desaparecido desde que se fue en 1939 a América. Miquel Piferrer Guàrdia nunca regresó al Clot, pero su casita sigue ahí.

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