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septiembre 28, 2010 / edwin

El sábado que la Boqueria cerró

«Stängt?» Las tres mujeres suecas se miran con extrañeza. Y preguntan otra vez: «¿Cerrado?» La entrada de El Corte Inglés en la plaza de Catalunya, hormiguero de compradores cualquier sábado del año, tiene las persianas bajadas. Arriba, una senyera gigante cuelga de las ocho plantas. Al lado de la puerta, una placa indica el horario comercial. De 10.00 a 21.00 horas. Las suecas miran el reloj, como lo harán cientos de turistas que pasan por ahí. Son las once y media de la mañana, esto debería estar abierto. «¿Fiesta nacional? ¿Qué fiesta?», preguntan cuando les explico que en la Diada, aparte de las «souvenir shops» de la Rambla, difícilmente encontrarán algo abierto. «¿Todo cerrado? ¿Con tantos turistas? ¿Un sábado?» Muchas preguntas, mucha incomprensión.
«¿Chiuso?» Un grupo de 13 italianos de mediana edad no sale de su asombro. Alguno se lleva las manos a la cabeza. Por la tarde regresarán a casa, querían aprovechar la mañana para las últimas compras. Podrían habérselo dicho en el hotel, dicen. «Y no hay nada abierto?» insisten. No, hoy es como Ferragosto en Roma, les contesto, cuando todos los lugareños se marchan de la ciudad y solo quedan los turistas. Pero me corrigen. Es como el 29 de junio, dice una mujer, cuando con san Pedro y san Pablo, patrones de la ciudad eterna, Roma se vacía. 
«¿Alles geschlossen?» ¿Todo cerrado?, preguntan dos chicas alemanas que pasean por un Portal de l’Àngel soleado y espacioso. Ahí solo están abiertos el McDonalds, el quiosco de prensa y un mercadillo de cerámica, donde figuras de la casa Battló acaparan más atención que una buena cazuela. «Todo cerrado», les contesto, pero me equivoco. Un poco más abajo, en la plaza de la Cucurulla, se les abre el paraíso a los turistas desesperados. Dos tiendas y un estanco tienen sus puertas abiertas. Y resultan no ser las únicas en el Gòtic, donde algunos comercios o se saltan la norma que obliga a cerrar la Diada o disponen de un permiso especial. «Vendo más que nunca», dice una brasileña en una tienda de ropa de mujer. Por delante pasa un hombre con barretina y una camiseta con dibujo: General Moragues, Rao i força.
«¿Closed?» Un matrimonio norteamericano, él en bermudas gigantescas, pregunta si es por los atentados del 11 de septiembre. Les digo que no, que no tiene que ver con su trágico nine eleven, que aquí se recuerda el final de una guerra de 1714. «¿A quién ganasteis?» Uf, explicar esa historia de la derrota resulta sumamente complicado.
«¿Gesloten?» Una pareja holandesa, a las puertas de la Boqueria, dice que ya se lo esperaban, que en su hotel les habían explicado «eso de la liberación y de la derrota». «Pero no lo entendimos mucho», añaden. Ver la Boqueria cerrada es el mayor chasco del día. Decenas de turistas se topan con sus vallas. Algunos intentan hacer una foto de la oscuridad del fondo, donde cuelgan unas ristras de ajos y ñoras de una parada cerrada, tan cerca, pero tan inalcanzable.

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