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septiembre 28, 2010 / edwin

Entremeses sólo para los gigantes

 

A veces pasa que llega a la bien escondida Casa dels Entremesos un grupo de chavales de un esplai a quienes sus monitores les han dicho que van a visitar algo así como el museo de chocolate pero en versión salada, de longanizas y otros embutidos y que, con un poco de suerte, picarán algo. Grande es siempre su sorpresa, y tal vez la decepción, cuando en aquella mansión medieval cerca del mercado de Santa Caterina solo topan con gegants, capgrossos, una àliga y bestiari variado. Encima no hay nada que comer.
Es la pregunta que siempre, siempre se hace. Ni un grupo, ni un visitante solitario la perdona: «¿Y eso de la Casa dels Entremesos?» Y Lluís Marmi, que es quien manda en este centro de producción y difusión de la cultura popular tradicional de Barcelona, contesta con paciencia. Que entremeses es el nombre que recibían desde el siglo XII las representaciones, las obras de teatro, los bailes o el paseo de carrozas en las grandes celebraciones y fiestas. Y de ahí que, según se dice, pero que muchos ignoran, aun ahora los bailes populares y los gegants y bèsties siguen conociéndose como entremeses.

El año pasado se inauguró, tras una profunda y costosa reforma de 2,5 millones de euros, este centro en lo que en realidad es la Casa dels Mercaders, en la plaza de las Beates. Un antiguo e impresionante edificio de comerciantes y viviendas, que en sus últimos años de vida albergaba una tienda de sofás y otra de turrones. El palacete, del siglo XVIII, finalmente se caía a pedazos, los últimos inquilinos fueron realojados y el ayuntamiento, propietario de la joya, lo restauró y lo cedió a la Coordinadora de Gegants i Bestiari de Ciutat Vella, una parte, y al Cercle Artístic de Sant Lluc, la otra.
La Casa dels Entremesos, una especie de orfanato de gegants instaurado por decreto en 1439, es como un pequeño museo, aunque estos días se han ausentado sus principales piezas, que están luciéndose en otras partes del centro histórico como previa a las fiestas de la Mercè. A cinco parejas de gigantes –los del Pi y Plaça Nova, entre otros– los han llevado a la anual exhibición en el Pati Manning y las bestias se preparan para el fuego en el propio ayuntamiento. Ausencias que deben suplir exposiciones sobre los esbarts dansaires y el mundo de los trabucaires.
Inmersión de cultura popular catalana, rematada por los libros más pintorescos que se pueden imaginar. Hay gente que escribe de todo, como de Lo ball de les gitanes en la Maresma, de Els cavallets cotoners o de La mare dels ous, que contiene un sinfín de partituras para el acordeón diatónico. Y se pueden comprar, esos libros, igual que el CD El burro català con prácticamente todos los himnos catalanes, desde El Cant dels Ocells
hasta El Rossinyol y L’hereu Riera.
Entran unas 70 personas al día. Otras se quedan mirando desde la calle, poca transitada. Dentro, los gigantes les observan desde sus 3,30 metros de altura, sin poder ofrecer al visitante nada de comida.

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