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septiembre 28, 2010 / edwin

Horas de vómitos, no de carteristas

Los cacos también deben dormir. A las cuatro de la madrugada, el metro de Barcelona es más seguro que a las cuatro de la tarde. Será por eso que solo hasta después de una hora larga de periplo por las entrañas revueltas de una ciudad que estos días nunca duerme me encuentro con los primeros guardias de seguridad, apostados en los pasillos entre las líneas 1 y 4 de Urquinaona, donde ya son casi las cinco y se espera la avalancha de visitantes que han pasado la noche con música en el Fòrum.
Los cacos no vienen a estas horas, aunque unos cuantos viajeros, entre dormidos, borrachos y eufóricos, serían presas fáciles de sus insaciables garras bien entrenadas. Pero casi nadie lleva un bolso donde meter mano y en los bolsillos apenas quedará nada de dinero tras una noche loca.
Los cacos prefieren dormir y no aprovecharse de que el metro abra los días de la Mercè las 24 horas. Ellos trabajan de día, aunque en realidad en el suburbano sin ventanas al exterior es imposible apreciar la diferencia entre día y noche. Sobre todo si algunos vagones van tan llenos como cualquier laborable en hora punta. Solo difiere el tipo de pasajero, o el estado en el que se encuentra.
Entre Entença y Plaça de Sants, en la línea 5, una joven se sienta en el suelo, pálida y descompuesta, hasta que sus amigas la levantan. Tal vez son de ella los restos de vómitos esparcidos por el suelo que me reciben una hora y media más tarde en un vagón de la misma línea, entre Verdaguer y Diagonal. Otros se sientan encima de la masa nauseabunda como si no pasara nada. Es de color rosa o violeta; ni quiero saber de qué tipo de bebida viene. Una chica con sandalias lo pisa; espero que al llegar a casa se lave los pies. Si no, le pasará como a la joven que con ciertos problemas intenta hablar con su pareja en un vagón lleno de la línea 1, entre Hostafrancs y Plaça d’Espanya. «Me das asco», dice él, molesto por el estado en el que su amor se encuentra en una noche en la que tal vez esperaba más. «Pues puedes irte a dormir al sofá», le responde ella.
Otros ya duermen en el propio metro, ajenos a la alegría que reina a su alrededor. Solo unos pocos van más serios, como una joven de L’Hospitalet y su madre, que han subido en Florida. Son las cinco menos cuarto y la chica va a trabajar. «Normalmente cojo el primero, cuando el metro abre a las cinco. Ahora, seguro que llego a tiempo». Sí, asiente, ya estaría bien que el metro abriese siempre las 24 horas, pero eso ni pasa en las grandes metrópolis europeas. En Chatelet. la estación más céntrica del metro de París, el primer tren partía ayer sobre las 5.45 y el último pasaba a la una. Y en Londres, el Northern Line, la línea más concurrida, empezó a despertarse perezosamente a las 6.56. El último de la noche del sábado acabó el servicio a la 1.10.
Igual que la joven de L’Hospitalet salen a trabajar a primera hora del domingo hombres paquistanís que a las cinco y pico se alejan en la línea 3 del Raval, camino de sus negocios repartidos por otros barrios de la ciudad. Silenciosos, se asombran por el jolgorio a horas que normalmente suelen ser más pacíficas. «Con mi alma no puedo», cantan dos chicas jóvenes en los pasillos de Verdaguer, abrazadas en su borrachera cuando topan con tres italianos a los que preguntan si se llaman Francesco. Ni caso les hacen. Con un ciao su noche se termina, pero el metro sigue.

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