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septiembre 28, 2010 / edwin

Tener un huerto para ser feliz

De una de las mesas cuelga un papel con un antiguo y sabio refrán chino. “Si quieres ser feliz una hora, emborráchate. Si quieres ser feliz un día, mata al cerdo. Si quieres ser feliz una semana, haz un viaje. Si quieres ser feliz un año, cásate. Si quieres ser feliz toda la vida, ten un huerto”.
Y se les ve a todos muy felices, las personas que, esta agradable mañana de domingo, se reúnen en Vallvidrera alrededor de tomates, calabacines, plantas medicinales, botes de mermelada y botellas de vino. Cultivo biológico, por supuesto. Cultivo de Collserola, que ya es más curioso. Mandarinas de al lado del parque del Laberint de Horta. Higos chumbos del borde de la carretera de Vallvidrera a Molins de Rei. Tomates antiguos, parecidos al cor de bou, recuperados por un abuelo de 80 años en Cal Mandó, ya casi tocando el Tibidabo y una de las masías que respiran aire rural en la sierra barcelonesa.

En la primera feria agrícola de Collserola, acto que forma parte de la fiesta mayor de Vallvidrera, Barcelona parece mucho más lejos que esos tres kilómetros sinuosos de la carretera BV-1462. Payeses urbanos con sombreros de paja dan el toque campestre, de otros tiempos también. Es que la horticultura viene de siglos atrás, pero el asfalto y el hormigón la han erradicado de la ciudad. Dentro, en el centro cívico, hay una exposición con fotos de los últimos reductos verdes y comestibles en la metrópolis. Kan Kadena, La Farga, Can Mestres, el huerto comunitario del Clot. Can Trabal en Bellvitge.
Los urbanitas, la mayoría, no tenemos ya ni idea de todo eso. Compramos peras insípidas de 59 céntimos el kilo en esos hangares de fruta y verdura del Eixample que parecen bazares de todo a 100 y cuando le preguntamos al vendedor de dónde son las peras, los tomates o los melones, dice que no lo sabe, pero que supone de España. Ya.
Las mandarinas de Can Carlets son de Castelló. Bueno, los árboles, a los que se puede apadrinar, son de ahí; las mandarinas crecen y maduran desde hace siete años en este pequeño valle detrás de Llars Mundet. Cuenta Manel Rius que los técnicos de Collserola desaconsejaron cultivar mandarinas ahí, que esta tierra seca de pizarra y vides no era apta para cítricos. Pero resulta que ahí baja mucha agua de la montaña y encima hay un peculiar microclima. En octubre, las mandarinas, ahora verdes, volverán a teñirse de naranja y los técnicos rojos de vergüenza.
Al organizador de la plácida feria se le ha ocurrido poner la misma y terrible canción toda la mañana, pero ni tras 128 repeticiones ruidosas del petit vailet y su mestressa jove que li fa l’esmorzar logran quitar la feliz sonrisa ecológica a los asistentes, aunque Jordi Pedrós pide bajar el volumen para poder explicar la «dulce revolución» de sus plantas medicinales, desde la artemisa que favorece la menstruación hasta la milenaria estevia para diabéticos.
Y crecen aquí, en Collserola. Buen clima para ellas. Como para el exótico shiso, cuyas hojas los japoneses mezclan con el pescado crudo del sushi para combatir al temido parásito anisakis. Pues de oriente, como aquel refrán chino, llega mucha sabiduría. Aunque en Collserola también la hay.

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