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septiembre 28, 2010 / edwin

Ya ni hay atascos en la Autovía

Una agradable mañana de un martes de mediados de septiembre, con los 26 grados de ayer y el sol y unas nubes finas que se pelean por el mejor sitio, no hay casi nadie en la inmensa playa de Castelldefels. Un nuevo bar en la avenida dels Banys que ofrece «bocadillos XL» de 26 centímetros –¿cuánto mide un bocata corriente?– aún no ha abierto. Un matrimonio belga lee el periódico Het Laatste Nieuws que titula que el Papa perseguirá a uno de los obispos pederastas del país. Dos ingleses hojean un tabloide con las escapadas sexuales del futbolista Wayne Rooney. Noticias del primer mundo.
Aquí, de momento, seguimos hablando de la crisis. Se está acabando el verano. El equinoccio del otoño se presentará por Santa Tecla y las temporadas oficiales de playa de los municipios costeros están tocando su fin. Será dentro de dos semanas cuando Abdo recogerá, por última vez, sus hamacas, que este verano ha desplegado menos que nunca. Se quejan siempre los empresarios del turismo, cada año es peor que el anterior, pero Abdo, en el chiringuito El Capo, viene con cifras. Este verano, cada día se tumbaban de 30 a 50 personas en sus hamacas, a razón de cinco euros. El año pasado siempre fueron de 80 a 100, y ya hubo crisis. «Es que si el cuchillo te lo clavan hasta el hueso, se nota más», dice Abdo.
A las once de la mañana, solo hay una mujer acostada en una de sus tumbonas; viendo el color de su piel, es una asidua. De las pocas. Decían que la crisis le hacía pasar a la gente las vacaciones más cerca de casa, pero no en Castelldefels, cuentan aquí. Aunque hay vecinos que dicen que sí, que tienen la sensación de que hubo más gente. Tal vez solo estiran ya la toalla sobre la arena; todo gratis.
Fue Castelldefels durante décadas la gran playa urbana de Barcelona mientras que la propia ciudad solo disponía de unos pocos metros de arena delante de los chiringuitos en la Barceloneta. Ahora, la ciudad tiene seis kilómetros de playa y esos chiringuitos desaparecieron, igual que algunos históricos en Castefa, como el Lancaster o El Compás.
Nada es como antes. Ya ni hay atascos en la Autovía, con mayúscula, porque fue la única, la auténtica, y no solo desaparecieron las retenciones porque se construyó un by-pass, la C-32. Salías de Barcelona, un domingo hace 20 años, y ya a la altura de Bellvitge te esperaba un embudo kilométrico que te hacía tardar hasta dos horas en un R-9 sin aire acondicionado para llegar a las playas de Castelldefels. ¿Dos horas? «Me acuerdo de una señora a quien su marido le dejó en la playa mientras él iba a aparcar el coche. Tardó cuatro horas en encontrar sitio», cuenta Abdo. Puede que el hombre aprovechase para buscar tabaco en uno de los prostíbulos, pero quiere decir Abdo que esto, antes, estaba a reventar, y ahora ya no.
«Verano, 15 de junio-15 de septiembre», indica una señal municipal con prohibiciones en el interminable paseo marítimo de Castelldefels. O sea, esto se acaba. Hoy.

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