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octubre 1, 2010 / edwin

Maltrato a Josep Pla y Don Quijote

Una tienda que quiere ser moderna debe llamarse store o shop. Más que bilingüe, Barcelona es trilingüe, con cada vez más anglicismos acompañando o sustituyendo al catalán y al castellano. Hace años ya que los tejanos de McQuinn en la ronda de Sant Pere pasaron a ser jeans. El bar o el vestíbulo de un hotel como el Omm ya no es un bar o un vestíbulo sino un lounge. La juerga nocturna más allá del amanecer se celebra en los after hours, aunque cuando en 1985 salió con este título la película de Scorsese a un pésimo distribuidor en España se le ocurrió traducirlo como ¡Jo, qué noche! La clásica librería de La Formiga d’Or en el Portal de l’Àngel, para seguir vendiendo libros y alcanzar este año su 125º aniverario, tuvo que pasar a llamarse Happy Books, que suena mejor y menos tonto que Libros Felices. Y en la plaza de Urquinaona y la calle de Girona hay muchos outlets.
Al revés, por cierto, también pasa: en ciudades del mundo los bares ofrecen tapas. Tal cual, tapas. No hay traducción posible en inglés, francés o japonés, sencillamente porque el término en castellano se ha convertido en marca propia.
Es la magia del idioma. Y la suerte de vivir en una sociedad y ciudad bilingües como aquí. Uno se detiene más en la lengua, es consciente en cada momento si habla u oye catalán o castellano. Con el lío añadido de que ahora nos comienzan a vender las cosas en inglés. Aunque, de paso, así se aprende también, pese a que algunos no aprenderán nunca, o mal: aún hay bares que ofrecen algo ligth cuando debería ser light.
Todos estos ejemplos facilones de anglicismos en la calle me los encontraba ayer en Barcelona camino de la plaza del Rei, donde un buen puñado de traductores celebraban San Jerónimo, su patrón por haber traducido la Biblia del griego y hebreo al latín. Más que traductor, debió ser mártir, porque traducir no es fácil. El trabajo es duro, desagradecido, pero gracias a los traductores aquel sueco de Millenium ha podido triunfar fuera de su propio y minúsculo mercado lingüístico.
«Traducir es humano» fue el lema con el que los traductores se reivindicaban en la plaza en su Día del Traductor. Quisieron decir: hay mucha mala praxis y esas herramientas de idioma en internet son cómodas, pero una birria. Como prueba, cogieron un fragmento del Quijote: «No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así, le declaró que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con ella». Lo metieron en el google, traduciéndolo al georgiano, de ahí al inglés, al chino, vasco, italiano y holandés para regresar al castellano. Y salió esto: «Don Quijote no es una sencilla fachada-termina aquí, esta es la razón por la risa era probablemente quejándose, dijo que no quiere o no». El maltrato informático al Quadern gris de Josep Pla fue parecido.
Por cierto, si usted está leyendo la edición catalana de EL PERIÓDICO, este texto ha sido traducido por un ordenador. Pero luego lo han repasado unos buenos humanos.

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