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octubre 3, 2010 / edwin

El mal rollo de un estruendo raro

Cruce de Bailén con Diputació. Entre las manzanas del Eixample comienza a surgir un ruido extraño, invasor, que casi da miedo. Primero lejos, pero cada vez más cerca. Las ventanas tiemblan, intentan librarse de sus marcos. Las sillas alumínicas de una terraza chirrían, como si se moviesen por si solas sobre el pavimento. El sonido de un teléfono móvil desaparece en medio de tanto estruendo. Las tripas de los transeúntes se remueven, se arman ante un susto indigesto.

Un motorista, parado ante el semáforo, comienza a girar la cabeza, intentando averiguar por debajo del casco que de dónde viene el peligro. Un automovilista, con la ventanilla abierta, dirige los ojos al cielo, igual que los peatones que cruzan delante suyo o van por la acera.

La escena me recuerda al escalofriante documental de los hermanos franceses  Jules y Gedeon Naudet, que estaban grabando una historia de bomberos en Nueva York cuando los dos aviones secuestrados impactaron el 11 de septiembre del 2001 en las Torres Gemelas. Mientras los cineastas están hablando con gente, de repente todo el mundo mira hacia arriba, y la cámara capta el Boeing en sus últimos metros fatídicos sobrevolando Manhattan.

En Barcelona, por supuesto, no pasó nada. Ni el viernes, cuando ese estruendo sorprendió por primera vez a los peatones, ni ayer, cuando el estallido de decibelios ya era continuo. Pero el viernes era raro. La gente de la ciudad reconoce enseguida cuando algo no es normal. Sabe sus ruidos de memoria. Una ambulancia que aúlla, un camión que bocina, un colegio a la hora del patio, un convoy de metro en el subsuelo.

Unos aviones, o en este caso un par de cazas desafiando el Eixample desde el aire no es nada normal. Solo maldecimos el pegajoso y molesto helicóptero para controlar desde el aire una manifestación o un operativo de los Mossos. Pero los aviones comerciales, si no llegan desde el sur, donde la gente de Gavà-Mar sí sabe cómo ensordece un reactor, inician su aterrizaje por el mar, ofreciendo a sus pasajeros en las filas de la derecha unas vistas inmejorables de Barcelona, avistando los más de seis kilómetros en línea recta de Muntaner o Balmes. Desde la playa se les ve, como silenciosos mosquitos surcando el cielo, en horas punta muy cerca el uno del otro, a apenas minuto y medio de distancia.

Un avión justo encima de la ciudad da mal rollo. Como ya le dio en 1949 a E. B. White, magnífico cronista de Nueva York, que al final de las apenas 50 páginas de Here is New York tuvo una premonición inquietante y asombrosa cuando vio debutar aviones sobre Manhattan. «La ciudad, por primera vez en su larga historia, es destructible –escribió–. Un solo vuelo de aviones no más grandes que una cuña de gansos puede acabar rápidamente con la fantasía de esta isla, quemar las torres, desmenuzar las puentes, convertir los pasajes subterráneos en cámaras letales, incinerar los millones».

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