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octubre 7, 2010 / edwin

Compartir el buen culo del marido

Hay gente que no tiene vergüenza, pero hay distintas maneras de no sentirse inhibido, de permitir que el entorno comparta la experiencia. Hay el tipo del metro, de la línea 2, que entre Tetuan y Clot logra encadenar unos cuantos gritos por su teléfono móvil porque al otro lado no le oyen bien. No tiene ni 25 años, pero va vestido de figura de negocios, modernito pero ya con corbata, peinado desenfadado y cierta estatura, alcanzando el metro ochenta fácilmente.
«¡¿No me escuchas?! ¡Es que voy en el metro, espera!» Varias veces intenta arrancar la conversación y, finalmente, hay cierto entendimiento, pero para ello el volumen debe estar a tal nivel que todo el vagón se entera de algo que tiene que ver con el business. A ver: «No les ha gustado mucho la intervención de aquel, en el aula VIP, no sé por qué. Y creo que a él le sentó mal que yo le mandara aquel mail, lo vio como si fuera chantaje, ¿sabes? Pero bueno, ahora está bien, tu padre se ha metido, le ha dicho tal y tal y ha logrado quitar los hierros». Tampoco debe importar mucho compartir este tipo de cosas en voz alta, porque ningún pasajeros entendía nada.
Como tampoco eran muy comprensibles para los demás las nueve mujeres inglesas cincuentonas que venían de su hotel de la costa para pasar un día en Barcelona y algunas con voz grave hablaban con sinceridad del «bottom of my husband», que es el trasero de su marido y que, en solo uno de los cuatro ejemplos que mencionaron, estaba bastante bien. Ellas, como todas las inglesas, iban bien peinadas, que es lo que más les importa. Bajaron en Sants, folleto del Bus Turístic en mano.
Tal vez a lo largo de su día en Barcelona pasaron por la plaza de Tetuan, donde dos jóvenes, el alemán Artur y el catalán Marc, tenían una manera menos agresiva de exhibirse, de dejarse ver u oír. Parecían compenetrados, pero su actuación conjunta fue pura casualidad. Artur, ensimismado, con los auriculares del iPhone puestos y los ojos casi siempre cerrados, comenzaba a hacer gestos, iniciaba un breakdance tranquilo, sin saltos ni acrobacias, sino más bien con gestos parecidos al mimo. «Estoy esperando a un amigo», decía, en la boca del metro. El amigo no venía, y la gente le miraba extrañada, pero a nadie le molestaba. «Es mi hobby –decía–. ¿La música? Jazz, hip-hop, de todo».
Marc se lo miraba desde arriba, desde el balcón del primer piso, con el bajo en sus manos y el amplificador a su espalda. Pero tocaba suave, este músico indie del grupo Nasty Elephants, y el ruido de los coches apenas hacían llegar los bajos tonos a la calle. «Nada, practicar un poco y mirar hacia afuera», gritaba, aunque parecía difícil sacar inspiración alguna de aquel entorno invadido por los coches y con solo el oasis en el centro de la plaza, con la Veu de Catalunya, la de Bartomeu Robert i Yarzábal. Una voz solemne, más agradable y comprensible que aquella del metro, más de un siglo después.

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One Comment

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  1. Le poinçonneur / Oct 7 2010 2:14 pm

    Eres muy generoso. Yo creo que los 25 sí los tiene.

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