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octubre 10, 2010 / edwin

La añoranza del cámping urbano

La larga pared con inmensas letras negras nunca se ha borrado de mi frágil memoria. Tal vez por el lugar inverosímil donde habían colocado un cámping, en la entrada sur de Barcelona, al borde de la carretera N-340, kilómetro 1.251, allá donde se fundían Esplugues y L’Hospitalet de Llobregat, suburbios que acogían el tsunami de inmigrantes andaluces y extremeños, pero destino poco habitual de turistas extranjeros. Era a principios de los años ochenta y el cámping Barcino debía estar cerrado ya, porque en 1978 abundaban los anuncios en los periódicos de campistas que vendían caravanas: «Volkswagen, 9 asientos, 6 camas, frigorífico, 250.000 pesetas, contactar encargado cámping Barcino».
El Barcino fue el único y último cámping realmente urbano de Barcelona, allí donde los guiris colocábamos por una o dos noches nuestra tienda o caravana para visitar la ciudad. Un turismo barato, se diría ahora, pero seguramente los mochileros de entonces regresábamos años después con dinero, familia y cultura, encantados con aquella primera experiencia en Barcelona.
La añoranza del cámping Barcino viene de la inauguración, ayer, del salón Caravaning en la Fira de la Gran Via. Es la propia organización que ha instalado en su recinto un aparcamiento para autocaravanas –siete euros más IVA, estancia máxima una noche– para los turistas que visitan Barcelona durante este puente en su habitáculo sobre ruedas. Es una manera también para reclamar al ayuntamiento por fin un párking para este tipo de turistas, menospreciados en una ciudad que los prefiere meter en hoteles y apartamentos turísticos, legales o no. 
Para los campistas –hay muchos, muchísimos todavía– es difícil acercarse a Barcelona. Con la desaparición del Barcino y, después, de la Tortuga Ligera, el Albatros, Cala Gogo, Toro Bravo, Filipinas y La Ballena Alegre, todos en la autovía de Castelldefels, ya solo quedan dos cámpings públicos a menos de 20 kilómetros de la ciudad, el Tres Estrellas (Gavà) y El Masnou. Solo 530 plazas en lugar de las 15.000 que había hace apenas 20 años.
El Barcino daba mucha vida al entorno, dice Manolo Rodríguez, «ya que venían muchos extranjeros». Me lo encuentro en el Bar Salamanca, casi enfrente de donde antes se hallaba el cámping. Manolo dice que tiene fotos del Barcino, de aquellas inmensas letras en la pared. Sube a casa, pero solo halla una donde únicamente se ve la parte inicial: CAM. Recuerda que, además del cámping, había «parras, una bòbila, unas casetas, una masía de una familia muy rica y el torrente» donde ahora pasa la Ronda de Dalt. El cámping, cuando cerró, lo ocuparon 14 familias gitanas, que luego fueron desahuciadas, igual que hace poco, tras años de lucha, Josep Maria Duch, el inquilino de la vecina masía Can Oliveres. Todo para construir allí un hotel y oficinas, en una zona semiabandonada desde hace décadas donde solo unos pinos recuerdan al Barcino.

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