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octubre 14, 2010 / edwin

Café de consuelo en el bar Joan

Todo el mundo se queja de las obras que se hacen en su calle, pero hay personas que tienen más razón que otras para quejarse. Vallas, zanjas o excavadoras que dificultan el paso, que perforen los tímpanos, que arruinan el negocio; siempre es un incordio, pero ningún caso es tan extremo como el de Mari Àngels Foix, Angelina para quienes la conocen bien, mujer menuda y simpática, pero también triste. «Si no hubieran estado esas vallas, ellos no estarían muertos», dice. «Estoy convencida».

Ellos son Josep, su hermano, y Maria, su madre. El 1 de febrero de este año, unos obreros colocaron a las puertas de su bar, con el sencillo nombre de Joan, las vallas que iban a rodear el pozo de la tuneladora del AVE en la esquina de Bruc, Provença y Diagonal. De inmediato, vecinos y comerciantes se quejaron de la angustia que provocaba ese pasillo temporal, con poca luz, ya que el tenue brillo de las farolas ya no llegaba hasta ahí. Se sentían inseguros.

Tres semanas más tarde, Josep y Maria, que tenía 85 años, murieron a martillazos sobre las ocho y media de la noche. Los ladrones se llevaron 600 euros de la máquina tragaperras y algún dinero de la caja. Pero se llevaron sobre todo dos vidas, y dejaron la de Angelina a trizas. El día después, el ayuntamiento colocó unos focos. Y aparecieron patrullas policiales durante unos días.

Le pregunto a Àngels, con suma delicadeza y cierto pudor, si podemos hablar. Ella está detrás de la barra en el limpio interior del bar Joan y sirve el café que le he pedido. Tiene bocadillos también. Han pasado casi ocho meses, y hace cuatro que volvió a abrir el bar donde ella halló los cuerpos de su madre y hermano. Le prometo que no hablaremos mucho de aquel día, que ella recuerda como «una salvajada». Solo quiero saber cómo le va, y de dónde ha sacado el valor de reabrir el bar. De momento, los asesinos siguen libres. Ella espera que los pillen algún día. «Que les castiguen, aunque a mí no me devolverán a Josep ni a mi madre».

No le fue fácil, pero volvió a abrir el bar en junio porque no quiso que su larga historia acabase así, de golpe, en la sangre del sinsentido. Sus abuelos lo montaron ya en 1924. Además, es su medio de subsistencia. «El primer mes fue muy duro y todavía tengo cada día un bajón». Su voz se quiebra, sus ojos se humedecen. Le pido perdón, pero ya no le importa recordarlo. A veces es bueno hablar, para que no se olvide, para que todos vayamos a tomar un café en el bar Joan, al que las vallas le han robado la terraza. Y para que se recuerde que nadie de ninguna administración le dio el pésame, que le hubiera gustado ver a la concejala de seguridad en el funeral, «no como política, sino como persona», que ahora cierra más pronto y que sigue teniendo las vallas de la obra delante. Malditas vallas.

Desde el fondo del bar ladra el viejo Ronald, el perrito de su madre. Quiere salir a la calle. Sobrevivió al brutal atraco, y a Àngels le ha salvado de la soledad total.

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