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noviembre 8, 2010 / edwin

En un laberinto y sin comer

Tiene una historia larga, muy larga. Una historia de sus 52 años, o sobre todo los últimos 11, «11 años sin libertad y mi derecho al pan en igualdad de condiciones» como pone en un cartel en la ventanilla trasera de su coche. Un relato que apenas cabe en el interior de ese automóvil, un modesto Hyundai de color gris que lleva aparcado desde hace tres semanas en la calle de Casp, ante el consulado de Chile. Ocupa precisamente la zona de aparcamiento reservado al coche del cónsul que, de momento, no ha querido llamar a la grúa para retirar un vehículo que llama la atención. Las pancartas de protesta («discriminado por la justicia y mi consulado no quiere servir de mediador») se intercalan con pequeñas banderas chilenas.

César Hugo Rodríguez Gutiérrez, como figura su nombre en la pila de documentos que me enseñará, me invita a ocupar la silla del pasajero. Estaba leyendo un periódico y la radio la tiene sintonizada con la música de Máxima FM. También tiene un pequeño televisor conectado a la batería del coche. Es, este martes, su vigésimo día de huelga de hambre. De la parte de atrás del coche coge una botella con una bebida isotónica; es lo único que se toma. Parece un hombre fuerte, pero los huesos de las piernas ya le duelen. Las tapa con una manta. Por las noches ya refresca bastante. «Si quieren que me muera, pues aquí estoy, dispuesto a morir. Ya no tengo nada más que hacer», dice César. Está triste.

Está desilusionado, por su lucha contra la burocracia, contra los poderes, contra abogados que le cobran pero que luego le engañan, dice. «Una mafia judicial». En resumen, que ya es difícil: tras casi perder todos sus ingresos en Chile por ser un sindicalista disidente, se vino en el 2004 a la España de sus cuñados y de un hermano que vive aquí, encontró pronto trabajo como soldador, de lo que siempre ha ejercido. Su empresa le gestionó los papeles. Tras casi dos años, al comprar su coche, el concesionario descubrió que su tarjeta de residencia era falsa. César fue víctima de una red de chilenos en Terrassa que habían falsificado decenas de estos documentos. «Los delincuentes ya están libres, de vuelta a Chile, yo sufro aquí todavía las consecuencias», dice.

Él no quiere volver. Lleva ahora más de cuatro años intentando regularizar su situación, pero ya tiene ahora un antecedente como imputado en esa falsificación de la que él dice ser víctima y no autor. Tiene arraigo, tendrá trabajo en cuanto tenga papeles, dice, pero una tras otra vez le deniegan las peticiones. «Soy buena persona, nunca he hecho nada malo. Veo a otros que roban, los meten en la cárcel y luego los legalizan».

Transeúntes se detienen con curiosidad ante el coche. Compatriotas le han ofrecido pequeñas ayudas, pero él solo quiere los papeles, escapar del laberinto burocrático donde anda perdido. Del consulado le han pedido que se vaya, su abogado chileno no está de acuerdo con su huelga de hambre. Le da igual. Le salta una lágrima. «Si no me dejan trabajar y comer, pues no como».

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