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noviembre 8, 2010 / edwin

Placeres de dos terminales vacías

Tarde en el aeropuerto, para un breve viaje. Desde la antigua terminal, la T-2, en esta ocasión. Paraíso de las compañías de bajo coste. Antes me deprimía el aspecto desolador de estas instalaciones, con solo una sexta parte de los más de 30 millones de pasajeros anuales que tuvo en sus mejores años. O sea, si en el 2007 pasaban cada día una media de 90.000 viajeros por esta terminal, este año no llegan a 14.000, aunque el mes pasado el número ha vuelto a crecer ligeramente con la llegada de la popular Ryanair.

Empiezo a ver cada vez más las ventajas de esa increíble tranquilidad de una terminal que en los veranos de este siglo era un caos masificado, con colas de pasajeros que se peleaban como serpientes voraces en un nido demasiado pequeño. La imagen, esa calma de tanatorio que se respira, puede resultar algo triste, con tantas tiendas cerradas, pero tras varios viajes ya sé cuáles están abiertas y dónde. Y no hay apenas cola en ninguna de ellas. Un café, un bocadillo, un perfume, una botella de coñac… todo se consigue casi al instante. Resisten, por suerte, las tres mujeres del quiosco de periódicos, revistas y libros en la pasarela de embarque; fuera, en la zona de la terminal abierta a todo el mundo, todos han cerrado.

Sí se mantiene abierta ahí, con vistas al caballo de Botero, la administración de lotería número 0. Pensaba la lotera Leonilda Santos hace un año que sería su última campaña de Navidad en la T-2, y lo celebró repartiendo medio millón de euros del tercer premio. En el 2007, ya dio tres millones del gordo. «Sigue habiendo muchos clientes, muchísimos», dice Leonilda, pese a la caída en picado del número de pasajeros. ¿Cuándo se irá por fin a la T-1? «No lo sé, no lo sé. Pronto». No quiere decir nada más, mejor no hablar más del tema.

Hay, por supuesto, mucha más gente en la T-1, aunque también aquí siempre predomina la tranquilidad. Caben, en teoría, más de 30 millones de pasajeros; fueron en el 2009 poco más de 20 millones. Y hay zonas que, gran parte del día, son un desierto, como las de los vuelos regionales y los intercontinentales. Tranquilidad que choca con el ajetreo habitual de un aeropuerto. Aunque lo peor ha pasado: este año El Prat está remontando.

Le gustaría ser una hub, como se conoce a los aeropuertos que sirven de enlace entre continentes, aunque ahora contadas compañías le dan ese aire, volando a EEUU, Qatar, Singapur y Karachi. Para un auténtico hub, Schiphol-Amsterdam. Aterrizo ahí dos horas después de despegar de El Prat; 43 millones de pasajeros de los que la mitad son en tránsito. Hay colas para todo, es una ciudad en sí, un hormiguero incansable. Da cierto ambiente, te ofrece la sensación de viajar, de ver medio mundo pasar delante de tus ojos, pero cada vez más prefiero la calma que reina en El Prat. Será mal negocio, pero incluso aparcar cerca de la terminal ha dejado de ser una tortura.

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