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noviembre 12, 2010 / edwin

Trenes que olían a azúcar de Italia

En Londres se llama Victoria o Waterloo, en Nueva York es Grand Central, en París hay la de Austerlitz y en Madrid impresiona la de Atocha. Bellas estaciones, todos símbolos famosos e inmensos de la edad dorada del transporte ferroviario. Puede que algún día, viajeros de todo el mundo ya no conocerán Barcelona por la insípida estación de Sants o la majestuosa de França, que sí es una obra para no olvidar, aunque en los billetes del viaje Amsterdam-Barcelona que en los años ochenta realicé no sé cuántas veces siempre figuraba un nombre mítico, Barcelona Término, como si fuese el final de todo.

Pues eso, puede que dentro de unos pocos años, Barcelona vaya a ser conocida por su gran y moderna estación de la Sagrera. «Espero que con la llegada de ese progreso no se pierda la vida de pueblo que tiene la Sagrera», me dice el director de teatro Joan Ollé poco antes de pronunciar, ayer por la noche, el pregón de la fiesta mayor de la Sagrera, barrio no muy grande que tan pocos barceloneses conocen. Hasta el propio Ollé no lo había pisado nunca hasta hace solo cuatro años.

Barrio curioso, que estará los próximos 10 días de celebraciones. Tiene un poco de todo, desde un trozo de la Meridiana hasta, en una tercera parte de su territorio, esas vías de tren en fase de transformación. Desde casitas de pueblo hasta bloques de pisos de hasta 15 plantas que aislan el precioso parque de la Pegaso del ruido de esa Meridiana. Un parque que es un laberinto de caminos y puentes pero donde, desde hace demasiado tiempo, falta el agua en el lago donde antes se divertían los patos y los vecinos en barquitos.

La Sagrera tiene historia industrial, la de la Pegaso e Hispano-Suïza. Como si quisiera ser fiel a ese pasado, está siempre patas arriba, ahora por esa megaobra ferroviaria y también la línea 9 del metro. Tiene una gran actividad cultural, impulsada sobre todo desde la Nau Ivanov del incansable arquitecto y fotógrafo Xavier Basiana. Y tiene unos tesoros bien escondidos. Uno es la plaza Masadas, junto a la plaza Reial y la vecina de Mercadal en Sant Andreu ,una de las poquísimas plazas porticadas de Barcelona. Desde que en 1994 se derribó el mercado se aprecia aún más la belleza de sus 38 porches que deben albergar bastante más vida que la que describe la vecina y actriz Susana Villafaña en las esporádicas entradas en su blog dedicado a esta «plaza mutante».

El otro tesoro lleva ya desde hace 10 años esperando el derribo, pero descubro que aún sobrevive en su escondite, tan poco frecuentado que ni muchos vecinos lo conocen. Ante la antigua estación de mercancías, en la Baixada de la Sagrera, se oculta el modesto restaurante donde Francisco Peñaranda entró a trabajar a los 14 años y que regenta desde hace 40, cuando salió de la mili. Antes se llamaba Casa Paco, «pero vinieron unos abogados de un bar de Alicante que se llamaba así y que exigían dinero para usar el nombre». Ahora lo llama Ficus, por el impresionante árbol que da sombra a la terraza en un agradable rincón que dejará de existir. «Pero aguantaremos unos tres o cuatro años», promete Francisco, que añora un poco los tiempos cuando todos los trenes de mercancías procedentes de Europa paraban aquí y el entorno olía a peras de Alemania y azúcar de Italia.

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