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noviembre 28, 2010 / edwin

Las extenuadas caras de póquer

Se acabó. El hombre, menudo y delgado, llevaba un as y una dama de picas, apostó todas sus fichas, all in en el lenguaje que se escucha esta semana más que nunca en el Casino de Barcelona, pero su rival le ganó con una pareja de dieces. Se acabó, tras tres días extenuantes, de las 12 del mediodía hasta las 11 de la noche en una mesa, bajo los focos, en medio de un continuo murmullo, con solo unas breves pausas para comer y cenar. El hombre, David López, de Algeciras, besa a su chica, que llevaba esos tres días viéndole y esperándole, y recoge el talón que le entregan por su 63º puesto: 13.000 euros. «Y además me han pagado el viaje y toda la semana en el Hotel Arts, un paquete de unos 8.300 euros», dice, resignado. Luego, cuenta, se sentirá mejor. Quedar el 63º de un récord de 758 participantes no está mal. Pero David quería llegar a la mesa final, mañana, la mesa de las cámaras de televisión pero, sobre todo, de los 825.000 euros para el ganador.

El algecireño se ganó la plaza en el Open Barcelona, uno de los mayores torneos de la gira europea de la popular web Pokerstars.com, a través de internet. Como tantos otros participantes -un récord de españoles entre ellos-, media docena de los cuales aún sobrevivía ayer cuando ya solo quedaban, al final de otro eterno día, los 24 mejores jugadores. Luis Rufas de Huesca, alias Repicas, empezó el día incluso como chip leader, el participante con más fichas.

El juego sigue en un continuo auge, también en España, y una tarde en la sala del casino especialmente habilitada para estos pokerfaces de toda Europa es una locura. Un tipo nórdico besa sus cartas, un as y un rey, tras salvarse por los pelos. Jorge Lores, de Vigo, resopla de un profundo alivio cuando, tras unos eternos minutos de deliberaciones, acaba de aceptar el desafío, la apuesta de un rival, 211.000 euros ficticios en fichas, y lo acaba ganando, expulsando al otro, una nueva víctima que se queda con la cara desencajada, lamiendo sus heridas mentales, preguntándose dónde falló su mano, su cabeza, su intuición. «Esto es una locura», dice Jorge, «porque ahora tengo muchas fichas pero en cinco minutos puedo estar con solo la mitad».

Hay de todo, entre los jugadores de póquer. Chavales de 20 años con el chándal tapando media cabeza, unas gafas de sol ocultando sus ojos y unos auriculares aislándoles del ruido exterior, ya que una sala de póquer no es como una de ajedrez, y los españoles, por costumbre, son los que nunca callan. Hay un hombre que parece funcionario, un tipo de unos 50 años que no se inmuta ni un segundo, tal vez por la cajetilla de paracetamol que tiene a su lado o por la gran cantidad de fichas que ya ha acumulado.

Hay risas, bromas, pero también alguna que otra pelea verbal, fruto de tantos días como gatos encerrados. «Quiero llegar a esa mesa», dice Jorge Lores, y señala el altar, bajo los focos, donde mañana se sentarán los ocho mejores.

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