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noviembre 28, 2010 / edwin

Llegar de Corea y quedarse a las puertas del templo

Mal día para, poco después de llegar de Corea del Sur, Canadá, Grecia, Holanda o Francia, visitar la Sagrada Família. ¿Qué iban a saber ellos de que venía el Papa? Jeon Kihong y Lee Sanghyo, por ejemplo. Dos amigos de la ciudad coreana de Changwon. No son los únicos que, en la calle de Provença, se topan con unas vallas y policías que les impiden el paso al más allá, al principal argumento por el que muchos turistas llegan a Barcelona. Son, como media, casi 7.000 personas que cada día pagan la entrada para ver la Sagrada Família por dentro. Dos millones y medio al año. Y un número desconocido, mucho mayor, de los que se quedan admirándola desde la calle. «Queremos entrar», dicen Jeon y Lee, pero respetuosos con cualquier autoridad no son ellos el tipo de personas que insisten ante el pobre mosso a quien le ha tocado el marrón de explicar una y otra vez que no, que hoy no se puede llegar al templo, mientras que la gran mayoría de los agentes solo deben callar y mirar impasiblemente a la gente ansiosa al otro lado de la valla por si hubiese algún perturbado dispuesto a saltar barreras y llamar la atención.

«¿Mañana estará abierto?», me preguntan los dos surcoreanos y les digo que sí, que mejor venir un día después. «Pues cambiamos la ruta de hoy», dicen, improvisando como dos auténticos mediterráneos. Lee se saca el iPhone del bolsillo y aparecen copias que ha hecho de una guía de viajes de España: el parque Güell será su nuevo destino, pero no sin antes hacer una foto, aunque a lo lejos, de la fachada de la Passió. Mañana volverán, antes de viajar a la mezquita de Córdoba y a Lisboa.

Y suerte tienen ellos dos de poder ver aún las torres gaudianas. La gran mayoría de los turistas que llegan caminando -la parada de metro de Sagrada Família está anulada y el recorrido del Bus Turìstic se ve severamente afectado- se ven atascados en el cruce de València con Sicília, donde no se ve ni un atisbo del templo. «Ya nos habían avisado en el hotel, pero nos hemos acercado por curiosidad», dicen Nadja y Erik, una pareja holandesa que, por supuesto, va en bici. Dos novios griegos se resignan: «Mala suerte de venir justo el día del Papa».

Por un día, el templo expiatorio no es accesible a los turistas, aquellos que han permitido con su afluencia masiva y su dinero que la construcción haya avanzado a pasos agigantados desde 1992. Más que de los propios barceloneses -¿cuánta gente de la ciudad, católicos o no, habremos entrado ahí en esos últimos 18 años?-, la Sagrada Família ha sido y es de los guiris.

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