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noviembre 28, 2010 / edwin

Próxima parada, Ernest Lluch

«Próxima parada, Ernest Lluch», dice la voz metálica de una mujer en el Trambaix. Puede quedar extraño, en una línea de tranvía que parte de Francesc Macià y pasa por otros nombres históricos como Maria Cristina y Pius XII, antes de adentrarse en la zona de antiguas masías de L’Hostpitalet y Esplugues: Can Rigal, Ca’n Oliveres y Can Clota. Ernest Lluch. Si hubiese seguido con vida, que hubiese sido lo justo y lo normal, tendría ahora 72 años. Muy joven para tener una parada propia del Trambaix, que este año rebautizó la de Sant Ramon -nombre antiguo de una estación de la línea 5 del metro, ahora Collblanc- con el nombre del exministro del PSOE y profesor universitario asesinado por ETA hace 10 años.

Diez años. Pasan volando, pero ninguna de las muchas veces que he pasado en ese tiempo por la avenida de Xile he podido evitar mirar a la puerta del párking donde los asesinos le pegaron los cobardes tiros de la ignorancia. Lo mismo me pasa, siempre, en la Meridiana a la altura del Hipercor. Un recuerdo sin miedo, ni morbo. Solo un recuerdo, para nunca olvidar.

En la zona de Les Corts donde vivía Ernest Lluch y en el vecino barrio hospitalense de Collblanc además nos lo ponen difícil, olvidar aquel señor con gafas que no conocíamos personalmente pero que caía simpático. «Era muy campechano, cercano. En la farmacia siempre te saludaba», me dicen dos vecinas que sacan sus perros a un pequeño parque detrás del bloque de pisos donde murió el político, los jardines que llevan, por supuesto, su nombre, aunque poco después de su inauguración ya fueron víctimas de la dejadez y el abandono.

Según su fundación, en toda España hay 48 calles y plazas dedicadas a Lluch, seis centros sanitarios, cinco educativos, cuatro cívicos, otros cinco culturales y tres de índole político. Un número que seguirá creciendo, y la lista, además, es incompleta, porque no salen ni la parada de tranvía ni los jardines. Sí aparecen, ya al otro lado de la carretera de Collblanc, la calle, la plaza y la escultura de Ernest Lluch.

«No hay respeto», dicen las dos vecinas al observar cómo unos jóvenes dejan sus perros sueltos por una hierba que estaba tan maltrecha por el incivismo que la tuvieron que proteger con vallas que, aparentemente, no sirven como medida disuasoria. Más allá de estas preocupaciones cotidianas, la cara de las señoras ensombrece aún más cuando hablamos de aquel terrible e injusto 21 de noviembre. «Aún ahora recuerdo lo que cenábamos aquella noche», dice una. Y explican las dos cómo temblaban los cristales cuando se escuchó una fuerte explosión sobre las 10 de la noche, al volar los terroristas un coche, casi en el lugar donde ahora está la parada del tranvía. También ellas no olvidan nunca al pasar por aquel garaje de la avenida de Xile. «Y pensar que esos tipos debían haber estado días observando. Brrr».

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