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noviembre 28, 2010 / edwin

Una pelota, de Rosario al Romea

Cada tarde, Barcelona y su entorno se llenan de convocatorias. Conferencias, presentaciones de libros, cursos. No es fácil atraer al público, evitar una deprimente sala vacía, decenas de sillas sin ocupar en una librería. La platea del teatro Romea es amplia, pero se quedó pequeña, la noche del pasado lunes, día difícil. Y eso con una convocatoria que puede parecer extraña. Organizaba la Fundació Romea per a les Arts Escèniques. El ciclo se llamaba Literatura y deporte. El tema: fútbol.

O sea: teatro, arte, literatura, fútbol. Combinación imposible, según algunos intelectuales, que se dejan guiar por las frases fugaces o falaces que escuchan o leen de futbolistas, entrenadores y periodistas en la televisión, en la radio, en los periódicos. A veces, el vértigo de un partido, de una polémica, de un Barça-Madrid, no deja apreciar la belleza más profunda del juego, su aspecto social, o sencillamente el arte escénico de Messi, cruce entre bailarín y acróbata, teatro del bueno, como debería admitir, pero no quiere, Mourinho.Y aún nos cuesta, aquí, donde durante años los culés acudían en silencio al Camp Nou como si fuese el Liceu, ver el fútbol con los mismos ojos literarios y culturales que en Gran Bretaña, Estados Unidos o Argentina. No era casualidad que en el escenario del Romean muchos de los bellos textos que se recitaban procedían de la pluma de un escritor uruguayo, Eduardo Galeano, y de otro argentino, el Negro Fontanarrosa.

Los leían dos actores, Pep Ribas y Santiago Lorenz, y los analizaban y debatían hombres de fútbol como Jorge Valdano, Carles Rexach y Monchi, el director técnico del Sevilla, entre otros. Hablaban de goles, de niños, de sentimientos, de éxtasis y decepciones, de sueños y de trampas, como la de Charly, que tenía un entrenador que le decía «mejor ganar sucio que perder limpio». Risas en la sala; fútbol y comedia.

Escritores, actores, futboleros… ¿Curiosa, imposible combinación? No cuando, ya al final de la larga velada, en un ambiente tertuliano de Café Gijón -aunque con un horrendo pilar de colores en el centro- aparece por sorpresa en escena Darío Grandinetti, exfutbolista que devino pedazo de actor. Salió el lunes del teatro Goya, donde representa Baraka, y se presentó en el Romea para dramatizar el relato Lo que se dice un ídolo de Fontanarrosa, igual que él, y que Messi, de Rosario. También Valdano vivía allí, en una de las cunas del mejor fútbol, pero también de teatro y literatura. Y no sé por qué, pero parece que cuando un argentino habla de fútbol, el juego, además de religión, se acerca un poquito más al arte. Como cuando Valdano recordaba al Negro Fontanarrosa, horrorizado al ver a un niño dejar un balón abandonado en la calle. La peor traición a una cultura. Hasta que el pibe, ya lejos, silbó y la pelota fue rodando hacia él. Serrat ya cantaba del niño que debía dejar de joder con la pelota. Y fue alrededor de un balón que el Romea regresó a la niñez. Puro arte. Arte de la calle.

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