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diciembre 8, 2010 / edwin

Olor a Berguedà junto a la Rambla

Cuando la ciudad no sube a la montaña, la montaña baja a la ciudad. O la media montaña, en este caso. Montes que muchos de nosotros apenas percibiremos cuando las próximas semanas volvamos a dirigirnos en masa al Pirineo nevado de los forfaits y telesillas. El objetivo es cruzar lo más rápido posible el territorio, pueblos y paisaje a los que ni prestamos atención a ambos lados de la C-16 o que incluso despiertan nuestra antipatía o aburrimiento cuando, ya camino de vuelta a la ciudad, acabamos en un interminable atasco en el Eix del Llobregat.

Así que, una vez al año, productores agroalimentarios del Berguedà, reunidos en una joven asociación, bajan a Barcelona para exponer, vender y dejar degustar durante tres días sus embutidos, quesos, setas, dulces, carnes, conservas y licores en la plaza de Sant Galdric, en un lateral de la Boqueria. «No sé lo que estoy comiendo, pero es delicioso», me dice un americano de Orange County, en la Baja California, cuyo hijo no para de sucar con pan en el mismo platito de plástico que le ha costado dos euros. Le explico que es beef (ternera) con mushrooms (setas), pero en realidad el plato que han preparado Mariàngels y Xell, dos ganaderas de montaña, va mucho más allá, en sabores y textura, que esas dos palabras. La ternera de las praderas sinuosas es uno de los tesoros más apreciados del Berguedà. Siempre recuerdo cómo el restaurador navarro Javier Gorría me explicó la diferencia entre una vaca de montaña y otra de esas interminables praderas verdes en Holanda, donde vivía su hermana: la de montaña no para de moverse, arriba y abajo, en busca de la mejor hierba, mientras que la de la llanura camina menos al tener tanta hierba al alcance, se vuelve perezosa y por eso su carne es menos tierna y sabrosa.

Son, igual que el californiano («además de delicioso, esto es casi gratis»), muchos los turistas que se acercan a los puestos donde ofrecen productos que ellos no conocen, desde las cortezas de cerdo pasando por el allioli de membrillo y llegando a la escudella de blat de moro escairat, la típica sopa de maíz del Berguedà, que este sábado se ofrece como plato estrella de la degustación.

Llama la atención que es mucha la gente joven que se ocupa ahora de negocios familiares de dos o más generaciones de antigüedad. «Cuesta encontrar jóvenes, los hijos no quieren seguir en el negocio», se lamenta Antoni Rossinyol, el rafilat que lleva ya 50 años elaborando embutidos, pero a su alrededor otros le desmienten con su presencia. Además, los jóvenes modernizan y amplían el negocio de sus padres, como Toni Chueca, que se ha llevado dos premios mundiales con sus quesos Bauma, o Quim Romeu, que con solo 25 años ha empezado a exportar sus neules Sant Tirs, las que su padre aún fabricaba con sus manos, a Francia, Alemania, Holanda y Suecia.

O Saixa Cervera, de Monbolet, que tiene mucho éxito entre los curiosos forasteros con sus setas, otro de los productos estrella de una comarca que el siglo pasado sufrió la despoblación y pobreza por el cierre de las fábricas textiles a orillas del Llobregat. Saixa me deja oler la trufa gravada o de Borgonya, que está a unos 150 euros el kilo. Su profundo olor se comienza a mezclar, en la coqueta plaza de Sant Galdric, con el de los quesos carrat de al lado y el guiso de ternera de enfrente. Olor al Berguedà al lado de la Rambla.

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