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diciembre 17, 2010 / edwin

No es ciudad para prensa extranjera

En la coqueta Via dell’Umiltà en pleno centro histórico y turístico de Roma, a un tiro de piedra de la fontana de Trevi, se halla la bella sede de la asociación de prensa extranjera, grupo creado por tres corresponsales de medios forasteros en un bar en 1912 y que ahora reúne a profesionales de 800 medios de todo el mundo. Pasqual Maragall, amante de Roma como tantos otros, quedó impactado por la sede y, como alcalde de Barcelona, decidió que su ciudad debía tener también un centro para los periodistas extranjeros una vez adjudicados los Juegos Olímpicos de 1992.

Así nació, en 1988, el Centre Internacional de Premsa de Barcelona (CIPB), en la Rambla de Catalunya, en una planta de la sede del Col·legi de Periodistes de Catalunya. Yo se lo agradecí a Maragall -aunque no personalmente- porque llegué justo ese año como joven corresponsal holandés a Barcelona y encontré, como muchos otros periodistas de fuera, cobijo, información y un lugar de trabajo en el CIPB.

Ahora hay todavía una sesentena de periodistas extranjeros acreditados en el centro, de medios tan prestigiosos como Reuters, AFP y The Sunday Times, aunque pocos acuden diariamente ahí, en una época en que internet facilita el trabajo desde casa. Pero, según me cuentan Fina Esvertit y Àngels Farlete, mujeres que ya nos recibieron aquí a finales de los 80, el CIPB sigue siendo un faro para los periodistas que vienen de fuera, un punto donde informarse, trabajar e incluso pedir entrevistas con autoridades catalanas.

Están enfadadas, ellas y sus dos compañeras, porque el 31 de enero todo se acabará y las echarán; después de 22 años se cerrará el CIPB, que en realidad es una fundación. Cuestión de dinero. Tiene una deuda de un millón de euros, sobre todo porque el Ministerio de la Presidencia no paga lo prometido desde hace una década, y el Col·legi de Periodistes, con mayoría en el patronato (en el que están el ministerio, la Generalitat, el ayuntamiento y la Cambra de Comerç), ya no quiere asumirlo más. «Pero el Col·legi jamás se ha preocupado de nosotros, el gerente subía solo dos veces al año», dicen ellas. La escalera entre ambos pisos, más que unir, parece separar, aunque a mitad de camino están los lavabos como higiénico punto de unión.

«Seremos los malos de la película, porque hasta ahora ninguna junta se había ocupado de la historia», cuenta la vicedecana del Col·legi, Neus Bonet. Ella defiende la tesis oficial de que esto no será el fin del CIPB, que se replanteará la fórmula, pero de momento no hay nueva sede ni nada. «Una pérdida enorme», se lamenta Rebecca Warden, una periodista inglesa con su propio despacho en el centro desde hace 10 años, «porque empujará a los corresponsales aún más hacia Madrid».

Y desde ahí, puedo confirmar tras múltiples discusiones con compañeros que informan a sus países desde la meseta, se tiene una visión bastante distorsionada de Catalunya. La semana pasada coincidí con tres de ellos, todos alemanes, en el Camp Nou, y encima lloraban con desconsuelo la derrota del Real Madrid.

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