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enero 9, 2011 / edwin

Brisas modernas bajo el sombrero

En el espacio de un minuto pasan por el pequeño cruce de encanto entre las calles del Call, Banys Nous y Boqueria 24 hombres y 17 mujeres. De ellos, cinco llevan un sombrero, un gorro, una boina u otra prenda que no debe tener ni nombre. De ellas, dos se han cubierto la cabeza. No parece mucho, pero es bastante, sobre todo porque esta noche de lunes, poco después de las ocho, el termómetro aún indica unos suaves 15 grados. No así los helados días previos, cuando la venta de sombreros se disparó. Con el frío y la cercanía de las fiestas, tiendas como la sombrerería Obach, en el mencionado cruce del Gòtic, se llenan.

Los melenudos nos cubrimos la cabeza menos que los calvos o rapados, y por eso me miro el escaparate con la curiosidad de un novato. No son tan caros, en general, a partir de unos 15 euros. Un gorro de lana Kangol por 27, una auténtica euskaldun txapela por 22. La más cara me parece una montera de torero, por 80 euros, hasta que en el escaparate de al lado topo con los famosos borsalinos, que van de 98 a 200.

«Tenemos un borsalino de 500 euros», me dice Núria Arnau, jefa y cuarta generación de la otra sombrerería histórica de la ciudad, la Mil, en Fontanella. La tercera, El Rey de la Gorra, desapareció de Creu Coberta hace un par de años. ¿Por qué las sombrererías deben ser tiendas tan clásicas? «Porque mucha gente que empieza un negocio ni sabe la diferencia entre sombrero y boina», dice Núria, experta en hacernos perder a los hombres la vergüenza de comprar y llevar un complemento en la cabeza. ¿Vergüenza? Solo hay que buscar en las páginas amarillas por sombreros y las primeras tiendas que aparecen son de disfraces.

Pero entre esa vergüenza y el clasicismo sopla últimamente una refrescante brisa de modernidad, con negocios que se llaman Hatquarters, Dekap o Xapoo. Son los que han acercado, junto a películas como el último Sherlock Holmes y Gangs of New York, los sombreros a la juventud. Los hijos de Núria Arnau, por supuesto, llevan también algo en la cabeza; el pequeño, de 18 años, un bombín.

«Hay varios modelos de clientes: los hombres sin pelo que lo compran para protegerse, otros que lo llevan como elemento estético y luego los chavales», me cuenta Edwin Evangelista en un puesto moderno de Hatquarters, en la Illa. Sus gorras Goorin arrasan entre los que siguen las últimas tendencias de la moda, y también las venden ya en esas clásicas como Obach (1924) y la recién reformada Mil (1917) para no perder el paso del siglo XXI.

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