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enero 17, 2011 / edwin

Casi todos los pájaros volaron

Ya solo quedan dos. Apenas se escuchan ya, en la parte superior de la Rambla, los chillidos o pitidos de todo tipo de animalitos. Quedan dos de las antiguas pajarerías. Son de las familias García y Cuenca, tres generaciones de vendedores de peluches vivos. Hámsters, cavias, conejos, ratoncitos, tortugas, peces… Los pájaros, parece, ya volaron. Y quieran o no, ahí entre rejas o bajo los focos calurosos, los bichos siguen ejerciendo una atracción enorme sobre los transeúntes. Más que los turrones, dulces, helados y artículos variados que venden desde hace unos meses -o solo unas semanas, en algunos casos- en los otros puestos, que son las polémicas «pajarerías reconvertidas», aunque bajo sus potentes focos tampoco se pueden quejar de clientela.

Están en guerra. No entre ellos, sino con el ayuntamiento, aunque eso no es ninguna novedad. Llevan ya años así, desde que se decidió que la Rambla no era lugar para animales cautivos. Aprovechan la alegre víspera de Reyes para repartir carbón para el alcalde y recoger firmas para protestar contra las «mentiras», que son los vaivenes municipales, y contra el cierre anunciado, al poco tiempo de transformarse la mayoría en «antiguas pajarerías».

Siete de ellas venden cocas, dulces, turrones o helados; una despacha artículos del Barça; otra ofrece entradas para todo tipo de actividades -desde el partido del Espanyol de esta noche ante el Atlético hasta un walking tour, una caminata por la ciudad con guía-; otra es de Turisme de Barcelona («la única que sobrevivirá», dicen con sorna los vendedores), una vende «artesanía en cristal». Esta última, tras meses de reformas, abrió el pasado 20 de diciembre, seis días después de que el ayuntamiento anunciara que no le gusta nada la reconversión y que prescindirá de las pajarerías tras invertir 240.000 euros en ellas.

Dicen que ya llevan 10.000 firmas, y la verdad es que mucha gente se apresta a dejar su firma y DNI sin que nadie se lo pida. «Nunca deberían haber quitado los puestos de animales, son una tradición, siempre habían dado vida a la Rambla», dice uno de los firmantes. «¿Servirán de algo, esas firmas?», me pregunta Juan García, que junto a su hermana Catalina y el resto de la familia atiende, «desde que salimos del colegio», en una de las dos pajarerías que aún sobreviven. Iban a reconvertirse ellos también, a vender dulces artesanales. Todo estaba listo ya, incluso los contratos con los proveedores. En septiembre desaparecerían, para siempre, sus animales de toda la vida. «Pero de golpe se pararon las reformas, quitaron el andamio de aquí al lado justo cuando nos iba a tocar a nosotros», dicen los García.

Y ahí siguen, con sus hámsters y tortugas y peces, aunque menos que antes. Menos compradores también. Todo, dicen, por culpa de la incertidumbre. La gente cree que ya no hay bichos en la Rambla, paseo, por otro lado, siempre repleto de bestias de todo tipo de plumaje.

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