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enero 24, 2011 / edwin

Tableros vacíos de la infancia

Poco después de las seis de la tarde, el aspecto dentro de la carpa en la avenida de Mistral es desolador. Debía haber empezado el torneo de ajedrez escolar, bajo el nombre Per Sant Antoni, ¡escacs al carrer! Con signo de exclamación, pero no ha servido. Hay 15 tableros de ajedrez, pero solo uno está ocupado, por un hombre de la organización que grita «¿Dónde está todo el mundo?» y que juega con Manuel Pulido, que tiene 10 años y que dice que nadie de su colegio ha querido ir porque «tienen miedo de que aquí les peguen una paliza». Una paliza de pensamiento, no físico, por supuesto.

Son los tiempos de PlayStations, Wiis y X-Boxes, y no de chavales que se sienten ante un tablero de ajedrez donde las piezas son para ellos reliquias de la prehistoria y donde el ritmo, pausado y cerebral, suele ser opuesto al de la mayoría de videojuegos. «Hay actos que atraen más que otros, siempre pasa», dice tras la barra Xavi Pagès, el encargado del envelat, la carpa que debe de ejercer de plaza mayor artificial en un barrio, en los bajos de la izquierda del Eixample, que celebra su fiesta mayor. Y mientras el resto del distrito sigue impasible con su rutina diaria, en Sant Antoni hay jolgorio y feria y los actos son incontables. Incluso semipolíticos: la gente de CiU anuncia en la calle de Floridablanca por megafonía su patrocinio de una pinyata para niños de 2 a 4 años, o sea que todavía tardarán como mínimo 14 años para acudir a las urnas. Un poco más allá, en el interior de la isla Cándida Pérez, comienzan a la misma hora con el Cinema a la rasca, cine al aire libre en pleno invierno, aunque acompañan las temperaturas más primaverales.

A Xavi, personalmente, le gusta mucho el acto de hoy, miércoles, a las cinco de la tarde en su carpa: el baile de la gente mayor. «Muestran unas ganas tremendas, parece que algunos se lo toman como si ya supiesen que será el último baile de su vida. Hay gente que se hace sacar de por su asistenta de su silla de ruedas para bailar unos pasos».

Mientras, la carpa se ha ido llenando un poco. Además de mayores que ya se preparan para su propio torneo de ajedrez, se han atrevido a entrar dos chavales más. Fran Soria tiene siete años y quiere jugar pero su abuelo, que mira al tablero como si viese fuego en el agua, no sabe jugar. Manuel Pulido, ansioso de encontrar un rival, se ofrece, pero la lucha es desigual. En menos de dos minutos barre, con negros, al pobre Fran del tablero, acompañando incluso algunos de los movimientos de su adversario con gestos de incomprensión, a lo Kasparov casi. Ya a esta edad, no hay piedad.

A Manuel le gusta el ajedrez, aunque en Sant Antoni no hay club. Juega competición en La Colmena, en Santa Coloma de Gramenet, porque ahí vive su abuela. Fue la madre de un amigo que le enseñó a jugar y ahora le encanta. No solo para ganar y llevarse una copa -en la carpa esperan tres trofeos- sino porque así, dice, hace muchos amigos.

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