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febrero 18, 2011 / edwin

Goliat se resiste a recibir a David

A la entrada de las señoriales oficinas centrales de CatalunyaCaixa -que en puertas y fachada sigue llamándose Caixa Catalunya- en la para muchos desconocida plaza de Antoni Maura, que es la que a mitad de la Via Laietana conecta la catedral con Santa Caterina, cuelgan una docena de globos pinchados en un árbol, desfigurados además aún más por la lluvia de este jueves gris de febrero. Metáfora demasiada fácil y dolorosa, esos globos, para describir el doble pinchazo de la economía y del mercado inmobiliario que han llevado a Lluís Martí, como a tantos otros, al borde del abismo.

Respaldado por una veintena de miembros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), este modesto y sencillo hombre de 52 años de La Bisbal del Penedès (Baix Penedès) se presenta con su hijo Loïck, de 9 años, en la lujosa cueva del enemigo para entregar una carta en la que se explica su caso, que es el de tantos otros. Un piso que compró; una hipoteca que amplió con 45.000 euros para comprar el taller de motos de Roda de Barà donde trabajaba pero que tuvo que cerrar por falta de clientela un año más tarde; un subsidio de paro insuficiente; una hipoteca que ya no podía afrontar; un piso que el banco, la entonces Caixa Tarragona, subastó sin éxito y se quedó la propia entidad por la mitad del valor de la tasación, que era de 200.000 euros; avisos e intentos de desalojo y un calvario que desde hace tres años le lleva de mal en peor. «Lucharé hasta el final por mi hijo», dice Lluís, que vive en una caravana enfrente de su casa.

La acción, dentro de la campaña Stop desahucios, es sencilla. El miembro de la PAH Adrià Alemany, seguido por tres cámaras de televisión y otras tantas de fotógrafos, pide hablar con un responsable para entregarle la carta. Son poco antes de las 18.30 horas y en las oficinas muy señoriales y algo burocráticas saltan las alarmas. Nadie quiere atender a Lluís y Adrià, aparte de la apabullada chica de recepción. Un señor Blai de atención al cliente solo se atreve a escucharles por teléfono. El guardia avisa a los Mossos, porque los molestos clientes no quieren irse. Fuera, pasa una ruidosa manifestación de los trabajadores de Yamaha, que también van a perder su trabajo, y algunos tal vez sus casas.

Los Mossos se muestran dialogantes. Dos van de uniforme, otros cinco de paisano. En el argot se les llama «secretas» aunque siempre llaman tanto la atención que ese apodo queda un poco ridículo. Intentan convencer a alguien de la caja que reciba al menos a Lluís, pero para ello son necesarias una largas negociaciones que parecen de nivel diplomático. Al final, tras más de una hora, algún alto cargo debe haber ordenado al director de la oficina -«somos una oficina normal, como cualquiera; no podemos hacer nada», se han excusado varios empleados hasta entonces- escondido todo el tiempo tras mamparas opacas, de atender al siempre tranquilo Lluís. Con lo fácil que hubiera sido hacerlo a los cinco minutos y evitar una sonora presencia de veinte activistas durante más de una hora en la planta principal.

Y ya pueden prepararse todos los bancos que esta no será la última vez. Lluis Martí solo es un caso, un ejemplo, una víctima de la burbuja hipotecaria. La caja se quedó finalmente su piso por esos 100.000 euros y acaba de ponerlo ahora a la venta por 175.173 euros, mientras que reclama a Lluís, que ya no tendrá piso, casi 100.000 euros en deudas y gastos judiciales. «Me siento David contra Goliat, pero no me rendiré», dice el hombre que, oficialmente, será desahuciado el próximo miércoles. ¿Qué pide para evitarlo? «Una moratoria hasta que encuentre trabajo, pero nunca han querido ni hablar de eso». Y se va, a su caravana.

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