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febrero 18, 2011 / edwin

Prohibiciones que no se ven

Me llama un amigo taxista que como todos los taxistas siempre tiene algún motivo para quejarse. Primero se desahoga por el tema de la estación de Sants, que tiene delito. La parada de taxis se halla en la parte que siempre hemos considerado la posterior, en la fea y casi inexistente plaza de Joan Peiró, y los pasajeros salen por la puerta delantera, en la dura plaza de los Països Catalans. Y ahí siempre los mismos taxistas, los listillos e insolidarios, encochan pasajeros donde no se puede, saltándose la parrilla de espera y perjudicando a sus compañeros. Algunos incluso responden a las protestas de sus colegas con cierta violencia, me cuenta el amigo taxista, y sobre todo de noche el mal rollo hace saltar chispas.

Pero para eso no me llama. Se queja de las nuevas señales de tráfico de Barcelona, que son casi de juguete, que no se ven. Y no es que no se vean porque seis millones de conductores en España no ven bien por no llevar gafas o tener una graduación equivocada, aunque también influirá: si ni ven las señales normales, las nuevas de Barcelona serán imposibles de apreciar para ellos. Las de antes, las de siempre, tienen un diámetro de 60 centímetros. Las nuevas, que he medido, solo 40 centímetros. Y se hallan a menudo a una altura muy elevada, a casi tres metros del suelo por encima de los nuevos semáforos, esos de las luces led.

La disminución del tamaño tiene un objetivo: reducir el impacto visual de ese inevitable bosque de señales que puebla nuestras calles. El problema es que ahora son tan pequeñas que se pierden entre las tantas otras cosas que también ocupan las calles, desde árboles y farolas hasta carteles de conciertos y esos mismos semáforos. La calle está llena de lo que se llama mobiliario urbano.

Las minúsculas señales de juguete parecen aptas para las estrechas calles de Ciutat Vella, pero las han colocado, por ejemplo, en la calle de Aragó, donde la prohibición de aparcar, «inclós motos en vorera», se pierde en la inmensidad de los seis carriles de la arteria.

Pero hay más problemas de visibilidad. Las prohibiciones de giros, por ejemplo, están a tal altura que cuando el coche está detenido ante el semáforo que soporta la señal, el conductor justo puede ver aún la luz en rojo, pero no la señal que se encuentra otro medio metro más arriba. Son señales que están, pero como si no estuvieran. Pocos las verán.

Hay una norma europea, la EN-12899, que especifica un sinfín de reglas que deberían cumplir las señales, pero estas hablan sobre todo de aspectos de seguridad, de cuánto viento deben poder soportar o de qué diámetro debe tener el poste. No habla de las dimensiones de la cara de las señales. Hay países que se guían por la velocidad: en carreteras donde se puede ir hasta 120 kilómetros por hora, la señal debe medir 100 centímetros, hasta 80 km/h ,80 centímeros de diámetro y hasta 50 km/h basta una de 60 centímetros. Pero ¿40? Para peatones, tal vez.

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