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marzo 4, 2011 / edwin

Hacer cosquillas a las frutas

La noticia es de hace apenas dos semanas. «España está en cabeza en sobrepeso infantil», titulaba este periódico. Debajo, un gráfico con datos elocuentes. De los chavales de entre 6 y 12 años más del 8% es obeso y otro 23% presenta un exceso de peso según los parámetros de salud. En lenguaje de aquella edad: un 31% de los chicos que cursan Primaria están gordos, o gorditos. Y eso no es sano.

Esta mañana del sábado, en una de las 16 filiales del restaurante-bufet FrescCo -la de la Diagonal-, de los 23 chavales de 4 a 10 años que se juntan en el fondo del local tal vez un par estén, digamos, fuertecitos, pero la mayoría no parecen demasiado gordos para su edad. Tal vez ya comen bien, pero han venido aquí a comer aún mejor. O para aprender, casi como juego, qué es la comida sana. «No es una lechuga-lechuga, se llama escarola -dice una de las monitoras- y mira, tiene rizos como el pelo de la Mariona». A continuación, los pequeños deben dibujar sobre su platito de plástico una figura a base de las cosas que les gustan y escoger para ello entre tomate cherry, pepino, zanahoria rallada, esa escarola y pimiento rojo y verde, aunque casi ninguno coge tiras de estas dos últimas hortalizas.

«Luego nos vienen padres que nos dicen que después del taller, por la noche, sus hijos han comido por primera vez tomates», explica Isaac del Hoyo, mánager de FrescCo, grupo de restauración que ha ampliado hasta abril sus talleres de cocina infantil por el éxito cosechado en este primer mes, aunque ya todas las plazas -unas 25 por taller- están cubiertas. El objetivo: enseñar a los chavales de forma didáctica y divertida los ingredientes de la dieta mediterránea, esa que precisamente debe evitar la obesidad.

Durante una hora, las cuatro monitoras, las psicopedagogas Silvia, Carme, Sara y Meri, junto al locuaz chef Òscar, enseñan a los pequeños elaborar un plato de verduras, un zumo de frutas natural y una pequeña pizza, no por casualidad los productos básicos y más solicitados que se encuentran en el bufet habitual del restaurante. Una elaboración sin cuchillos, para evitar sustos, y el minipímer para reconvertir las frutas en un zumo lo maneja una de las educadores, no sin antes contarles un cuento.

«El hilo conductor son unos cuentos, para atrapar su atención. Para mantener el interés de los niños, hay que presentarlo casi como un juego», dice Antonia López, la directora de la marca FrescCo que casi cada sábado se acerca a un taller para, como los demás asistentes, sonreír ante la ilusión y las ocurrencias de los jóvenes cocineros, que escuchan con atención cómo un niño-mago siempre pierde con su equipo de baloncesto del colegio porque sus compañeros comen muchos bollos y dulces antes de los partidos. Con su varita mágica, el chico inventa un aparato, en este caso el minipímer, que le hace cosquillas a las frutas, que así se transforman en zumos muy ricos.

«No me gusta», dice la pequeña Helena, tras haber vertido todo lo disponible en su vaso: kiwi, piña, naranja y melón, una combinación demasiada explosiva para su inocente paladar. «Pero luego, en casa, ya suelen pedir el zumo así, natural, y no lo quieren de tetrabrik», dice Antonia López, mientras observa el momento cumbre del taller: el chef Òscar corona a los alumnos cocineros con tres golpes de una enorme espumadera en el hombro.

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