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marzo 4, 2011 / edwin

La lluvia riega las habas de Medir

Ya lo dice el auca de la romería de Sant Medir que en la pequeña ermita con el mismo nombre se vende por 1,50 euros: «Ya están al pie de la ermita que, de tanta gente que hay, le encuentran más pequeña». Y pequeña es, minúscula, esta ermita románica en el precioso valle de Gausac que atraviesa la sierra de Collserola de Barcelona a Sant Cugat. En los cinco bancos de madera se pueden sentar justo 25 personas y el día de la misa dedicada a un santo que en realidad nunca fue santo, el 3 de marzo, otras 30 personas de pie la llenan por completo.

Pequeña es, incluso en un día de lluvia que atrapa la cima de Tibidabo entre las nubes y que convierte los accesos a la ermita y el campo del Miracle en un barrizal. No tienen suerte, últimamente, los romeros de Sant Medir. El año pasado, la lluvia cayó con fuerza durante toda la tarde y noche, anegando el paseo de las colles con sus caballos y caramelos por las callejuelas de Gràcia. Y este año, la lluvía cayó toda la noche anterior y durante la mañana, reduciendo la asistencia al mediodía a la ermita, por lo que no se llegaron a vender, ni de lejos, todos los roscones con crema y colgantes con un haba que ofrece una pareja a pie de la pequeña construcción. Incluso se ha instalado una churrería móvil que ha descendido el tortuoso camino de asfalto y tierra desde el Tibidabo.

Sant Medir es día festivo en Sant Cugat, por lo que los asistentes a la misa provienen sobre todo de ahí y no de Gràcia. Está la alcaldesa, Mercè Conesa, hay hombres de la Penya Regalèssia -artífices de la reforma de la ermita que estaba dejada de la mano de Dios- y varios miembros del Club Montanyenc y de la coral La Lira, según me explica el veterano Joan Casajuana, a quien, con esta lluvia, le dio un poco de pereza hacer el camino a pie, por lo que dejó el coche en la masía de Can Borrell.

«Me siento como en casa aquí, Collserola es un lugar fantástico, tan cerca de la ciudad», dice Joan, que recuerda con cierta pena cómo antes siempre había campamentos de tiendas en la explanada, donde la gente pasaba la noche y se calentaba con pequeñas hogueras. «Lo prohibieron», lamenta.

Sant Medir, adorado por los niños por esos kilos de caramelos que se reparten en su nombre, protagonizó un milagro un poco absurdo, porque le costó la vida. Era Medir un payés que plantaba habas en estos terrenos cuando, allá por el año 303, pasaba por allí el obispo Severo que huía de los romanos. Cuando los soldados le preguntaron a Medir si había visto al prelado, dijo que sí, que lo vio cuando sembraba las habas. En aquel momento, esas habas comenzaron a crecer y florecer. Los romanos se sintieron engañados por el payés y lo mataron junto con el obispo. Nació así un mártir, aunque el aplec no sería una tradición anual hasta que en 1830 el devoto panadero Josep Vidal, de la calle Gran de Gràcia, cumplió su promesa de subir a caballo hasta la ermita por haberse curado de unas dolencias.

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