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marzo 20, 2011 / edwin

El silencio de los anticuarios

El matrimonio francés pregunta «¿suena bien?» mientras observa el reloj de salón de Osinski, «à Villemur» como se indica en la esfera sobre su procedencia. El vendedor adelanta media hora el minutero hasta que den las tres y las tres breves campanaditas seduzcan a los posibles compradores. Es hora tranquila, la de comer, en el salón Antiquaris y los vendedores, si es que no han abandonado sus puestos y han dejado sola su oferta que a veces es de gran valor, tienen tiempo para atender a los curiosos.

El salón Antiquaris, con su 35ª edición inaugurada ayer, es uno de los más veteranos de Fira de Barcelona, aunque su nombre no cubre completamente lo que ofrecen los 35 expositores. Solo una pequeña parte de ellos expone y vende antigüedades de verdad. El resto son, en su mayoría, galerías de arte con todo tipo de cuadros, dibujos y otras obras. Así, Joan Miró llama la atención con su Design de signatures de 1974 al lado de un dibujo sin título de 1986 que atribuyen a Keith Haning, pero cuyo apellido es Haring.

Me detengo en un curioso estand de libros con aspecto de antiguos, aunque en realidad son facsímiles, versiones bastante nuevas, «porque si fuesen reales, serían impagables», me aclara José Antonio Valladares, que ha venido con sus Eurolibros de Bilbao. Tiene muchas versiones de Don Quijote, desde una de Mingote hasta otra con 160 aguafuertes de Eberhard Schlotter. Más allá del jinete de Cervantes, me encanta el Romancero gitano de Federico García Lorca con sus 18 poemas y 19 litografías dibujadas por otro poeta, Rafael Alberti. «El mar baila por la playa / un poema de balcones. Las orillas de la luna / pierden juncos, ganan voces». Por 2.900 euros el comprador se puede llevar el número 806 de los solo 1.500 libros editados, firmados cada uno por Alberti.

Es una de las 15.000 obras que se ofrecen hasta el próximo domingo en la feria, donde reina ese silencio tan solemne que parece pertenecer a los antiquarios y a los galeristas. Una calma que se mantiene incluso delante de la inquietante mirada de una mujer, Moño II, hecha de resina de poliéster con tabaco, según reza el cartelito. Una tranquilidad que adquiere una profundidad de siglos cuando entro en el estand de Jaume Bagot repleto de bustos y cerámica de tiempos romanos y griegos.

«Hemos sufrido la crisis, como todo el mundo. La gente pide piezas de más calidad, que son más caras, aunque los precios son asequibles. Hay para todos», me cuenta Maria Santolaria entre un torso de púgil romano del siglo II después de Cristo y una crátera de campana griega de cuatro siglos antes de Cristo. Los precios, entre 500 y 90.000 euros. O sea que eso de asequible es según se mira y quién viene a comprar.

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