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marzo 20, 2011 / edwin

Los huevos y el herrero heroico

Si alguien vio el pasado miércoles una pequeña hoguera en algún lugar de Barcelona, un fuego que mantenía el sol vivo hasta el amanecer, seguramente había sido encendida por uno de los 260 iranís que, según las estadísticas oficiales, habitan en la ciudad. Celebraban el Chaharshanbe Suri. La primera palabra significa miércoles, la segunda rojo. Es el preludio mágico y festivo del Nouruz, Nowruz o Newruz, el año nuevo en la antigua Persia, Kurdistán y entorno que coincide con la entrada de la primavera en el hemisferio norte, que este año será este lunes a las 0.21 horas en España y que la gente de estos países estará celebrando ya todo este fin de semana.

No son como los chinos, que celebraron su año nuevo a principios de febrero y que hacen más ruido porque son muchos más en Barcelona que los inmigrantes de Asia central que festejan el Nouruz: además de los 260 de Irán, aquí viven 102 personas procedentes de Kazajstán, 93 de Afganistán (solo hombres, ¡ninguna mujer!), 66 de Irak, 63 de Uzbekistán, 14 de Kirguistán, cinco de Tajikistán y cuatro de Turkmenistán. De los kurdos turcos no existen cifras exactas.

Algunos de ellos se presentaban anoche en la Casa Asia, en el magnífico Palau de Quadras de la Diagonal, pero en un ambiente muy alejado de la fiesta familiar y vecinal, con grandiosos banquetes, en sus pueblos de origen. Más que reunir a la gente de la antigua Mesopotamia, en Casa Asia quieren enseñarnos a nosotros, los de aquí, lo que son las costumbres de allí, aunque lo mejor es vivirlo con una familia o una comunidad de aquellos países.

Leo un texto de Nazanín Amirian, profesora iraní afincada en Barcelona, para descubrir algunas de esas costumbres tan sorprendentes. Así, según la mitología persa, la Tierra se sujeta sobre uno de los cuernos del toro sagrado y cuando este se cansa -algo que sucede una vez al año, justo con Sal Tahvil, lo que sería aquí el equinoccio de primavera- la pasa a su otro cuerno. Y los iranís, para que se den cuenta de ese movimiento de la Tierra, colocan un huevo sobre un espejo creyendo que el huevo se mueve justo con Sal Tahvil.

Pero la celebración difiere de un lugar a otro. En la Casa Asia me encuentro con Mehmet Akin, un kurdo de Estambul, que espera el gran día de fuego para el domingo o lunes. «Espero que se haga aquí en Barcelona, porque es muy importante para nosotros saltar el fuego». Eso tiene que ver con la leyenda kurda, me cuenta, de un rey que, hace 2.500 años, cada día daba de comer a sus serpientes la cabeza de dos niños. Hasta que llegó el herrero Kawa con sus dos hijos, elegidos aquel día para morir, y mató al tirano un 21 de marzo, inicio de la primavera. Arrancó ahí una nueva era que la gente celebró saltando fuegos en toda Mesopotamia. Y Mehmet me enseña su pulsera kurda, con los colores del herrero (verde), del fuego (rojo) y del sol (amarillo), cinta que no podría llevar o enseñar en Turquía.

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