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marzo 20, 2011 / edwin

Ya nos atrevemos a entrar en la biblioteca

El reloj del sol al pie de la chimenea de Can Saladrigas no indica ninguna hora en este martes triste y lluvioso. Un tiempo idóneo, por otro lado, para pasar el umbral de lo que fue una fábrica textil de 1884 y que, con mucho gusto, ha sido salvado en el antiguo corazón industrial del Poblenou. En una planta superior de la inmensa fábrica habita la biblioteca Manuel Arranz – nombre del historiador y archivero barcelonés fallecido en 1990 a los 46 años – que como todas las bibliotecas ofrece el silencio de un tanatorio pero que, a la vez, respira mucha más vida, una vida de libros, de conocimiento, de ordenadores, de estudios, de leer un periódico, de recibir cualquier tipo de clases o formación.

Está el hombre con sus carrito de compras que, de vuelta del súper, ha entrado para tomar prestado un libro. Hay iaios que deletrean de principio a fin los periódicos del día o alguna revista. Está la media docena de personas delante de pantallas de ordenador para disfrutar del internet que en casa no tienen. Y está la joven solitaria en una mesa con un libro de historia. «Vengo a estudiar aquí porque me concentro mejor que en casa»», me cuenta Paula Carbonell, que cursa segundo de bachillerato. No viene siempre, solo si tiene un examen muy importante. «En casa me distraigo, con el ordenador y esas cosas». Y sigue estudiando.

Es ella una de las personas que tal vez ni siquiera salen en los números que ofrece cada año la Diputación de Barcelona sobre el crecimiento de su red de bibliotecas y usuarios. Números que hablan desde la superficie media de 1.100 metros cuadrados de esas 201 espaciosas bibliotecas, hasta los 2,2 millones de ciudadanos que tienen un carnet de biblioteca, un 42% más que en el 2007. En total, se prestaron en el 2010 un total de 12,5 millones de libros, cedés, dvd y otro tipo de documentos.

Durante muchos años, aquí hemos vivido de espaldas a la biblioteca, lugar de origen griego, en nombre y edificio (biblio es libro, teca viene de theke, que es un armario o una caja), sin saber o querer descubrir lo que escondían esos lugares que mucha gente, tal vez, veía demasiados cerrados, señoriales, aristócratas. Pero si algo se ha logrado con la construcción, reforma y apertura de muchas nuevas bibliotecas en edificios singulares, abiertos y luminosos es seducir a un mayor número de población: cada día se expiden 762 nuevos carnets y se producen más de 68.000 visitas a las bibliotecas en la provincia de Barcelona.

Y encima, la gente en la biblioteca siempre parece amable, dispuesta a ayudar, como las jóvenes Livana Rodríguez y Susana Cases que aquí, en el Poblenou, coordinan cada martes y jueves el aula digital, un proyecto con apoyo de Cibernàrium que, según explican, es como «una alfabetización digital» con clases de cómo navegar por internet o usar el correo electrónico. La mayoría de los alumnos es gente mayor porque, dice Livana, sus hijos no tienen paciencia para enseñarles.

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